Invierno o no, nunca dejamos de salir al monte. El otro día, después de las últimas lluvias, en mitad del camino, nos encontramos con la seta oreja de Judas.
Nos gusta recordar que la vida de los hongos está ahí todo el año. Lo que cambia son las condiciones que los hacen aparecer. Cuando el monte guarda humedad —y la temperatura acompaña— salen señales. Y la oreja de Judas es de las más llamativas: crece en troncos húmedos, casi colgando de la madera; con una textura gelatinosa que a nosotros nos recuerda a las partes más colágenas de la casquería.
Estos días la usamos en el plato de butifarra casera y caldo de monte. Ahí funciona como lo que es: la seta del momento. Una pequeña prueba de esta cocina de recolección —salvaje— que cambia con cada salida.


